
Corriente Interactiva
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Ser notificado del lanzamientoEl canto antiguo decía que, desde la Estrella Polar, se veía el tejido invisible de los mundos.
Vael no había viajado tan lejos. Ni siquiera había salido de Ismar.
Pero esa tarde comprendió que, a veces, para conocer el peso de la desigualdad, no hace falta cruzar el cielo: basta con escuchar un golpe en la puerta.
La casa de Jorge olía a alcohol medicinal y libros viejos. En la vitrina, los lomos dorados de una colección de experimentos científicos brillaban como tesoros de otro tiempo. Sobre la mesa del comedor, un laboratorio improvisado: frascos con etiquetas torcidas, probetas manchadas, libretas llenas de fórmulas y dibujos.
El estruendo llegó como un disparo.
Un golpe seco contra la puerta, seguido por el crujido vítreo y el fluir espeso de líquido ámbar contra la pared.
—¡Cierra la ventana! —ordenó Vael.
Jorge obedeció, pálido. Afuera, las voces eran cuchillos:
—¡Escoria!
—¡Traidor!
—¡Fuera de aquí!
El pecho de Vael se apretó. Jorge, temblando, repetía en un murmullo:
—Tengo que llamar a mi papá…
Pero el teléfono del hospital solo devolvía un tono vacío.
Un vecino, encaramado sobre el muro lateral, les hizo señas urgentes:
—¡Por aquí, rápido!
Saltaron. Los gritos detrás eran como piedras invisibles clavándose en la espalda.
Se ocultaron en el centro de trabajo contiguo hasta que la multitud, cansada de lanzar ampollas de líquido ámbar y golpear la puerta, se dispersó.
Al volver, encontraron la calle desierta. Pero el silencio pesaba más que el ruido, y el ámbar rezumante dejaba marcas indelebles en la entrada, como cicatrices que gritaban la traición imaginaria.
Horas después, dos autos negros se detuvieron frente a la casa. Del primero bajó el padre de Jorge, serio, aún con su bata blanca del hospital. Detrás, su madre y su hermana cargaban maletas. Movimientos rápidos: cerrar persianas, cubrir muebles con mantas, empacar lo esencial.
Antes de irse, la madre de Jorge abrazó a Vael:
—Llévate lo que quieras, hijo… —su voz se quebró—. No sabemos cuándo volveremos.
Fue la última vez que se vieron.
Esa noche, Vael no pudo dormir.
En la penumbra de su cuarto, las palabras del Canto de la Estrella Polar regresaron a su mente:
"…y vuelve, vencido, a su morada, con la voz cargada de desgracias…"
Solo que esta vez, no era un viajero el que regresaba con malas noticias. Era él, sin haber salido de Ismar, quien traía de vuelta la certeza de que, en su mundo, bastaba una sombra de sospecha para perderlo todo.
Y aunque aún no lo sabía, aquel muro que había escalado para escapar… era apenas el primero.
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